La vieja del Monte
Por Ainhoa Núñez
Referencia folclórica
En la tradición oral leonesa se habla de “La Vieja del Monte”, una figura misteriosa y respetada que habita en lo profundo de los bosques. Descrita como una anciana sabia y generosa, se la conoce por ayudar discretamente a los campesinos y velar por el cuidado de los niños. Sus orígenes se pierden en el tiempo, pero su presencia sigue viva en los cuentos del filandón y en la memoria popular de las montañas de León.
Adaptación literaria
Cuentan los más viejos del lugar que en lo profundo de las
montañas de León, allí donde los robles murmuran canciones antiguas y la niebla
se enrosca en las peñas como un gato que no quiere marcharse, habita una mujer
misteriosa a la que llaman “La Vieja del Monte”.
Nadie sabe con certeza cuándo nació ni de dónde vino.
Algunos dicen que es tan antigua como el primer bosque; otros, que nació del
susurro del viento entre las hayas. Lo que sí aseguran todos es que sigue viva,
oculta en una cueva escondida entre peñascales, donde ni los pastores más
avezados se atreven a adentrarse de noche.
La Vieja no es una bruja ni una santa, sino algo más
antiguo, más cercano a la tierra. Va vestida con saya oscura y blusa de lino,
lleva un mandil blanco como la nieve y una media de cada color, una negra y
otra blanca, como si en su andar arrastrase el día y la noche. Sus ojos, aún
centelleantes bajo una maraña de arrugas, lo ven todo: el paso de las
estaciones, los juegos de los niños, las penas que callan las madres, las
promesas que se lleva el viento.
Vive sola, aunque dicen que la acompaña un lobo gris, viejo
como ella, que no teme al hombre ni le hace daño. Algunos lo han visto, erguido
sobre una peña, vigilando en silencio como si cuidase los sueños del valle.
Pero lo más curioso de esta mujer es su generosidad. En los
días de más faena, cuando los hombres y las mujeres del campo parten al monte o
al prado con las primeras luces del alba, ella enciende su horno de piedra. Con
harina que nadie le da, agua de un manantial secreto y manos que aún recuerdan
la dulzura, amasa panes redondos como lunas llenas, cuece chorizos, seca
cecinas y envuelve quesos tiernos en hojas de castaño. Luego, en el silencio de
la siesta o al caer la tarde, los deja discretamente en los zurrones, al pie de
un castaño o en el umbral de las casas. Y cuando los padres llegan a casa,
cansados pero contentos, descubren que, sin saber cómo, llevan consigo algo
más: un regalo para sus hijos.
Los niños la conocen sin conocerla. La llaman “la güela del
monte”, y saben que es ella quien les deja el pan dulce, el trozo de chorizo,
el puñado de nueces o el queso aromático que aparece, como por arte de magia,
de cuando en cuando. Pero hay una condición: deben portarse bien. La Vieja lo
ve todo, y si un niño es desobediente o desprecia lo que recibe, simplemente
deja de traer nada. Dicen incluso que, en ocasiones, deja recados: “Que aprenda
a leer, que la vida le va a pedir palabras”; o “Dile que cuide a su hermana
pequeña, que ya es tiempo”.
Algunos mayores la han visto, de lejos, cruzando un claro
del bosque o recogiendo leña con su cayado. Otros la han oído cantar una copla
olvidada, en una lengua que parece la de nuestros abuelos, mientras desaparece
entre los helechos. Y cuando se forma un arco iris sobre los prados, los más
sabios murmuran: "La Vieja ha pasado; anda de viaje por los cielos”.
Porque no es sólo una mujer, ni una figura del pasado: es el
espíritu del monte, el alma del cuidado, el eco de las viejas costumbres que
aún perviven en los rincones más escondidos de León.
Y ahora que ha caído la noche y el fuego del filandón
chisporrotea en el hogar, escucha con atención… Porque si cierras los ojos y
hueles a pan tierno o a humo de roble, tal vez, solo tal vez, la Vieja del
Monte se siente esta noche con nosotros.

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