La encantada del Pozo de la Leña de La Robla: leyenda leonesa de San Juan
Por Ainhoa Núñez
Referencia folclórica
En la tradición oral de La Robla (León), se cuenta que en la noche de San Juan, junto al Pozo de la Leña, aparece una mujer hermosa, vestida de blanco y con cabellos dorados. Es una “encantada”. Un ser atrapado por un hechizo que sólo puede romperse si un alma pura la ayuda sin miedo. Algunos pastores o caminantes afirman haberla visto entre las brumas del amanecer o a la luz de la luna. Les ofrece una madeja de hilo de oro y les pide ayuda con palabras suaves. A pesar de eso, nadie ha logrado desencantarla.
Adaptación literaria
Por el viento de San Juan bajaban flotando los rumores como
si fueran polen y semillas blancas de los álamos. En La Robla, ese polvo no se
barría: se sembraba. Decían los viejos del norte de León que todo lo que se oía
en la noche de San Juan tenía raíz, como si las palabras germinaran bajo tierra
y al año siguiente volvieran a brotar. Las madres les pedían a sus hijos que no
anduvieran solos cerca del río, que no escucharan voces entre los árboles, que
no tocaran lo que brillara. Pero los muchachos, como las zarzas, solo crecen si
se arañan.
Nadie sabía a ciencia cierta desde cuándo existía el Pozo de
la Leña, pero los mayores afirmaban que había tragado más secretos que agua. En
las noches tibias de junio, cuando la niebla bajaba desde los montes de León
entre los castaños, y el río Bernesga murmuraba con voz de anciana, algunos
decían ver una silueta junto al brocal del pozo.
Una mujer.
Siempre la misma.
La llamaban “la encantada”, “la hilandera dormida” o “la
novia de la niebla”. Nadie coincidía en el nombre, pero todos sabían que se
trataba de un ser mágico, una aparición misteriosa que rondaba La Robla en la
noche más corta del año.
Vestida de blanco, con el cabello largo como espiga dorada,
los ojos color barro con luna. No hablaba, pero sus labios se movían como si
rezara algo antiguo, aprendido mucho antes de que existieran las iglesias o los
caminos.
Algunos decían que cantaba con un tono suave, casi un murmullo, que se confundía con el rumor del agua y las hojas. Era un canto que parecía arrastrar ecos de otro tiempo.
Mi abuelo la vio una vez. No lo dijo en casa, sino en la
fragua, cuando el aguardiente le quitaba los miedos. Contó que, al volver del
monte con leña a la espalda, la encontró parada junto al pozo, descalza, con
los pies húmedos. Que le ofreció un ovillo de hilo dorado. Que no supo si
tomarlo.
Y no lo hizo.
“Me miró —dijo— como se mira a quien ya ha fallado muchas
veces.”
Después de aquello se le quedaron los ojos bajos, como si
llevara sombra aunque fuera de día. Nunca volvió a hablar del tema. Pero la
fragua, desde entonces, olía raro los días de San Juan. Como a helecho seco y
manzana podrida.
Dicen que cada cien años alguien tiene una oportunidad. Que
si se acepta el ovillo, y se tira sin romperlo hasta que desaparezca dentro del
pozo, la mujer queda libre. Pero si se corta, si se suelta, si se duda, todo
vuelve a empezar.
Hay quien cree que el oro no es metal, sino memoria. Que ese
hilo guarda las promesas de todos los que no se atrevieron, de los que miraron
sin ver. Y que la encantada, paciente como el musgo, espera una mano valiente. Porque el encantamiento no se rompe por valor, sino por
ternura.
Algunos piensan que es un castigo. Otros, que es una promesa
que no se cumplió.
Yo solo sé que en San Juan, cuando el calor no se decide y
el rocío arde en los helechos, me acerco al pozo y dejo caer una flor.
Por si acaso.

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